
El ave en cautiverio exhala un canto de herida,
mientras la del monte hace vibrar el cielo con su júbilo.
No me deslumbra el brillo inerte de la flor fingida;
prefiero la verdad de los pétalos que aceptan su caída.
Sin el asalto del oleaje, el mar no es más que olvido;
sin su cíclica agonía, la luna perdería su nombre.
Pues si bien la mano humana esculpe la forma,
la belleza que emana del alma
es un secreto que solo la naturaleza sabe guardar.
¿Cuál es la medida real de una existencia?
La juventud, ese destello fugaz,
se deshace entre las manos apenas se nombra.
Si no es en este pulso, en este cultivo del alma,
¿entonces cuándo?
¿Acaso aguardaré a que mis pasos
dependan del auxilio de un madero?
El mundo es un fluir constante de formas,
un oleaje que se retira y jamás regresa igual.
Por eso, cuando el sendero llama,
se camina. Sin demora, sin lastre.
Dibuja una sonrisa en el rostro
y verás cómo la inquietud se desvanece,
como la niebla ante el sol de la mañana.
Silencia el estruendo del pecho,
vuelve sagrado tu centro:
una vez que el corazón se aquieta,
lo de afuera ya no tiene poder para herirte.
